
PRÓLOGO
El reino, la ley y la chispa que encendió una guerra
Decían que la historia de un país podía torcerse por un papel firmado en un despacho, por un sello real estampado en el momento preciso. A veces era cierto. En 1830, en los salones del Palacio Real de Madrid, Fernando VII tomó la pluma y rubricó la Pragmática Sanción, ese documento que abolía la vieja Ley Sálica y abría el trono a una mujer. Lo hizo pensando en su esposa, María Cristina, y en la criatura que esperaba: una hija. Una niña, Isabel.
Con aquella firma, el rey no sólo desató una disputa sucesoria; abrió una grieta que atravesaba la carne misma del país. Porque donde él veía continuidad dinástica, otros —y no pocos— vieron traición a las leyes de siempre. Para ellos, el trono tenía dueño legítimo: don Carlos María Isidro, hermano del rey, hombre de rosario, de misa diaria y rigor absolutista. Un rey “como Dios manda”, decían en los caseríos, en las montañas y en las viejas provincias forales.
Cuando Fernando murió en septiembre de 1833, dejando a Isabel con apenas tres años, la Corona quedó en manos de su madre, convertida en regente. Y, casi al instante, Carlos levantó estandarte propio, reclamando lo que consideraba suyo por derecho natural. No faltaron brazos dispuestos a seguirlo: campesinos, curas rurales, hidalgos de aldea, nobles empobrecidos, artesanos… Todos ellos hartos de reformas, de impuestos, de ideas nuevas traídas desde ciudades que sentían lejanas. Los montes del norte, los valles vascos y navarros, las aldeas de Cantabria y La Rioja se llenaron de susurros, de juramentos, de pólvora escondida debajo del pan.
España, otra vez, se dividió en dos.
Los que miraban al futuro —liberales, comerciantes, militares jóvenes— y los que querían conservar lo que siempre había sido suyo: fueros, costumbres, religión, tradición. El campo contra la ciudad. El pasado contra el porvenir. Dos visiones de una misma patria, irreconciliables y enfrentadas.
El año 1834 avanzó como una mecha encendida. Los decretos liberales, el nuevo Estatuto Real, la reorganización militar… todo alimentaba el resentimiento en el norte, donde la sospecha viajaba más rápido que los correos de Madrid. Se conspiraba en caseríos, se reclutaba en secreto, se juraba fidelidad al pretendiente carlista a la luz de las velas. El país parecía tranquilo sobre el papel; en los montes, en cambio, la guerra ya caminaba sobre botas de cuero.
Y así llegó 1835.
Un año que no empezó con esperanza, sino con frío, barro y pólvora. En las tierras de Gipuzkoa, entre los bosques que rodean Ormaiztegi, algo se agitaba desde hacía semanas. Tropas que iban y venían, partidas que se deslizaban entre las sombras, rumores de un choque inminente.
Y entonces ocurrió.
En los primeros días del año, en el monte conocido como La Española, la guerra dejó de ser una amenaza velada para convertirse en un estampido brutal. Aquella refriega —rápida, sangrienta, sin adornos— sería la que marcara el tono del conflicto en el norte.
Porque las guerras civiles no empiezan con clarines ni banderas desplegadas: empiezan con miedo, con hambre y con hombres que no tienen más remedio que elegir un bando.
Aquí empieza la historia.
Fuentes consultadas
Arrecaballo — “Orígenes de la Primera Guerra Carlista”
https://arrecaballo.es/guerras-carlistas/primera-guerra-carlista-en-el-norte/origenes-de-la-guerra-4/
Comunidad de Madrid — Material docente sobre Isabel II y la crisis sucesoria
https://cmadrid.es/espana/bloque_06/isabel_II/Presentacio%CC%81n_alumnos.pdf
Rutas con Historia — “Primera Guerra Carlista (1833–1840)”
https://www.rutasconhistoria.es/articulos/primera-guerra-carlista-1833-1840
IES Casas Viejas — Contexto político: absolutistas y liberales
https://www.iescasasviejas.net/1.web/histo/tema2.2a.htm
Wikipedia — “Estatuto Real de 1834”
https://es.wikipedia.org/wiki/Estatuto_Real_de_1834
CAPÍTULO 1
Nochevieja en el monte La Española
El 31 de diciembre de 1834 cayó sobre Guipúzcoa con un frío que mordía como un perro suelto. La nieve cubría los senderos entre Mutiloa y Ormaiztegi, silenciosa, traicionera, dejando sólo el sonido apagado de las botas clavándose en el barro helado. Era una noche vieja sin campanas ni vino dulce en los caseríos. Una noche que olía a leña húmeda, a pólvora guardada, y a guerra que respiraba demasiado cerca.
En un borde del bosque, junto al viejo roble que los vecinos llamaban Arlutz-zaharra, un hombre vigilaba la ladera. Se llamaba Iñigo Arriola, natural de Mutiloa, veintisiete años, barrenero en la mina antes de que la guerra le arrancara la vida que habría podido tener. Alto, ancho de espaldas, de barba negra y ojos que miraban como si siempre estuvieran esperando el próximo golpe. Hijo de un herrero carlista y de una madre demasiado joven al morir, había crecido aprendiendo que la lealtad era lo único que un hombre podía tener sin que nadie se la quitara.
Aquella noche, llevaba el mosquete al hombro y el corazón inquieto. No por miedo. Iñigo Arriola no temía al enemigo, sino a la certeza de que algo grande se acercaba, algo que quizá él no viviría para contar. Pero eso no iba a admitirlo; no en voz alta, no ante sus compañeros.
Se calentaba las manos sobre una hoguera mínima —llama pequeña para no delatar la posición— cuando escuchó crujir la nieve a su espalda.
—Siempre te encuentro despierto, Arriola —dijo una voz grave, con ese acento tan particular.
Iñigo sonrió sin volverse.
—Y yo siempre deseando que sea usted, mi general.
Tomás Zumalacárregui salió de la oscuridad envuelto en su capa. Alto también, pero más fino, como un hueso duro rodeado de disciplina. Tenía los bigotes húmedos por la escarcha y los ojos brillantes de los hombres que nacen para la guerra. Bajo su mando, la causa carlista había dejado de ser una rebelión rural para convertirse en un ejército de verdad.
—Los informes dicen que los liberales se mueven —murmuró Zumalacárregui, mirando hacia la silueta oscura del monte La Española—. Espartero y Carratalá han recibido refuerzos desde Vitoria. Iriarte también ha salido de Tolosa. Se preparan.
Iñigo asintió.
—¿Para venir aquí?
Zumalacárregui no respondió. El silencio bastaba.
En el campamento, las hogueras eran pocas y pequeñas. Los hombres aguardaban en corrillos, frotándose las manos, contando anécdotas o rezando en voz baja. Había veteranos de Navarra, jóvenes de Bizkaia que apenas sabían sostener un fusil, curas que vestían sotana con cartuchera. Y todos ellos obedecían a Zumalacárregui como si fuera un pastor llevando a su rebaño hacia un inevitable sacrificio.
Iñigo, sin embargo, tenía otra cosa en la cabeza. En el interior de su capote guardaba una carta doblada, escrita con trazos torpes pero limpios. La había recibido dos semanas antes. Venía de Ane Garmendia, la muchacha con la que había crecido en Mutiloa, la niña de ojos verdes que un día le prometió esperarle, pasara lo que pasara. En la carta le decía que el invierno estaba siendo duro, que la nieve cubría los campos y que su corazón —así lo escribió, sin vergüenza— iba siempre con él.
Iñigo no era hombre de palabras, pero aquella carta lo mantenía vivo en las noches frías.
Porque la guerra era larga, y el amor, breve. Y él sabía que quizás jamás volvería a verla.
Cerca de la medianoche, Zumalacárregui lo llamó de nuevo.
—Arriola, mañana bajarás conmigo hacia Ormaiztegi. Quiero hombres que no se les hiele el alma al primer disparo.
—A sus órdenes, mi general.
Zumalacárregui lo miró largo rato.
—Tú luchas bien… pero no por el rey Carlos. Eso lo veo.
Iñigo tragó saliva.
—Lucho por los míos, por mi tierra… y por no traicionarme.
El general sonrió apenas.
—Eso es peligroso. Los que luchan por ideas mueren antes; los que luchan por amor, aún más.
Iñigo no respondió. No hacía falta.
A lo lejos, como un lamento de hierro, sonó una corneta perdida en el valle. Los perros de los caseríos ladraron. Era un aviso: las tropas liberales se movían en la carretera de Beasain.
Zumalacárregui se volvió hacia la línea oscura del horizonte.
—El año nuevo vendrá con sangre —dijo—. Prepárate, Arriola. Lo que ocurra en los próximos días decidirá el rumbo de la guerra en Guipúzcoa.
Y allí, en medio de la nieve y del silencio, con la carta de Ane sobre el pecho y el mosquete helado entre los dedos, Iñigo Arriola sintió que el destino le rozaba el hombro.
No lo sabía aún, pero el monte La Española sería el escenario donde se enfrentaría no solo al enemigo, sino a su propia historia.
La que él nunca llegaría a contar.
CAPÍTULO 2
Amanecer del 1 de enero de 1835: el día que empezó con silencio
La madrugada del 1 de enero de 1835 se abrió paso con un silencio extraño, como si el mismo invierno contuviera la respiración. El cielo sobre Ormaiztegi amaneció plomizo, cargado de nubes bajas que arrastraban una luz gris, metálica, de esas que hacen pensar que el día no será bueno para nadie.
La nieve había caído durante la noche y ahora descansaba en mantos irregulares sobre los prados, las laderas y los caminos. Los árboles rezumaban escarcha, y cada rama parecía una aguja dispuesta a quebrarse con el mínimo sonido.
Iñigo Arriola estaba despierto antes de que la primera brizna de luz tocara el valle. Apenas había dormido, aunque ninguno de los hombres en aquel campamento podía presumir de lo contrario. Los nervios se respiraban como humo espeso. Todo olía a víspera de algo irreversible.
Zumalacárregui caminaba entre los hombres sin hacer ruido, envuelto en su capa negra. Saludaba con un gesto mínimo, miraba los mosquetes, tocaba con la bota la nieve para comprobar su firmeza. Era un general que hablaba poco y veía mucho, y esa mañana observaba el horizonte como si leyera un libro que sólo él entendía.
—Hoy no habrá descanso —dijo mientras se acercaba a Iñigo—. Los liberales se han puesto en movimiento antes del alba. Espartero quiere tomar posición en Ormaiztegi antes de que lo hagamos nosotros.
Iñigo frunció el ceño.
—¿Y lo conseguirá?
Zumalacárregui soltó una risa corta, seca.
—No mientras yo siga respirando.
A lo lejos, en la carretera que sube desde Beasain, las columnas isabelinas avanzaban entre el humo de sus propias cocinas de campaña. Iñigo podía distinguir —aunque fuera sólo por intuición— la disciplina de un ejército regular: tambores sordos, órdenes cortas, oficiales a caballo. Entre ellos venían los nombres que darían forma al día:
Espartero, el más tenaz de todos.
Carratalá, inflexible y duro como una bayoneta.
Iriarte, experimentado y veloz, acostumbrado a moverse entre estos puertos como si los hubiera parido él mismo.
Los liberales no eran torpes, ni descuidados. Venían preparados, con armas modernas y disciplina férrea.
Pero no conocían estas montañas.
Y eso, en Guipúzcoa, era casi tan decisivo como tener más hombres.
En contraste, el ejército carlista parecía un mosaico extraño: campesinos con boina y manta, veteranos navarros con mirada de acero, curas armados, jóvenes que apenas sabían cargar un fusil. No eran un ejército regular. No lo necesitaban. Eran otra cosa: una mezcla de fe, tradición, ira y lealtad inquebrantable. Y al frente, un general que sabía convertir el terreno en su mejor aliado.
Zumalacárregui reunió a sus oficiales bajo un tejo enorme, casi tan viejo como el pueblo mismo.
—El enemigo tomará la ribera si llegamos tarde —dijo—. Quieren dominar los accesos a Segura para cortar cualquier retirada. No se lo permitiremos. Iñigo Arriola —añadió, señalándole— vendrá conmigo en el avance por el flanco norte. Conoce el terreno, y necesito ojos que no se equivoquen al juzgar la nieve.
Iriarte, el liberal, avanzaba a su vez desde Tolosa.
Espartero subía desde el sur.
Carratalá maniobraba en apoyo.
Todos ellos buscaban una ventaja antes del choque.
Todos ellos, sin saberlo aún, estaban caminando hacia el mismo punto de hierro y destino.
Al avanzar hacia el monte La Española, Iñigo sintió una punzada breve en el pecho. No era miedo. Era algo más profundo: la certeza instintiva de que ese día marcaría su vida de un modo irreparable. Dio un manotazo suave al bolsillo interior del capote, donde la carta de Ane seguía guardada.
Los pasos resonaban sobre la nieve congelada como si cada uno fuese un golpe de tambor. El aire helado entraba por la nariz y era como inhalar cuchillas diminutas.
Cuando llegaron a la cima del monte, Zumalacárregui levantó la mano.
Silencio.
Sólo se escuchaba el rumor del viento colándose entre los robles y pinos.
—A partir de aquí —dijo el general— caminaremos como sombras.
Iñigo tragó saliva. Miró el cielo gris.
Era el primer amanecer del año, y parecía hecho de plomo.
Muy lejos, casi imperceptibles, se escucharon dos detonaciones.
No eran saludos de Año Nuevo.
Eran los primeros fusiles abriéndose paso en la mañana.
Zumalacárregui entrecerró los ojos, como un lobo que ha olido la sangre.
—Empieza —dijo en voz baja—.
Ya no hay vuelta atrás.
Y así, con la nieve crujendo bajo las botas y el valle de Ormaiztegi despertando al estruendo que se avecinaba, Iñigo Arriola dio su primer paso hacia la batalla que decidiría no sólo el rumbo de la guerra, sino el suyo propio.
CAPÍTULO 3
La víspera del choque: hombres, sombras y presentimientos
El 2 de enero amaneció sin amanecer.
El cielo estaba tan bajo que parecía que uno podía tocarlo con la punta del fusil. Una niebla espesa cubría el monte La Española como un sudario prematuro, y el aire tenía ese olor particular que precede a los días aciagos: mezcla de humedad, tierra removida y algo metálico, como sangre que aún no ha sido derramada.
Iñigo Arriola avanzaba en silencio, siguiendo de cerca a Zumalacárregui. Los hombres caminaban en fila, hundiendo las botas en la nieve blanda, procurando no hablar. No por disciplina, sino porque algo en el ambiente hacía sentir que cualquier palabra podía quebrar un equilibrio invisible.
A media ladera hicieron un alto. El general se giró hacia sus oficiales, que se reunieron a su alrededor como sombras. Allí estaban Iturralde, Aguirre, Goikoetxea… hombres duros, curtidos en escaramuzas y emboscadas, pero ninguno parecía cómodo con la quietud pegajosa que envolvía el valle.
—Espartero ha dividido sus fuerzas —dijo Zumalacárregui, con la voz baja pero firme—. Carratalá ha avanzado hacia la ribera. Iriarte maniobra por el este. Quieren atraparnos entre dos fuegos cuando salgamos del bosque.
Un murmullo tenso recorrió la línea.
—¿Y qué haremos, mi general? —preguntó Aguirre.
Zumalacárregui sonrió. No era una sonrisa abierta; era un gesto astuto, casi fiero.
—Haremos lo que siempre hacemos: convertir la montaña en nuestro ejército y obligarles a pelear donde ellos no quieren.
Se echó a caminar otra vez, más rápido que antes, como si la urgencia le devorara por dentro. Iñigo lo siguió de cerca.
En su cabeza, sin embargo, había otra batalla.
La carta de Ane pesaba más que el mosquete. La releía en su memoria una y otra vez, como un rezo laico. Imaginaba sus manos pequeñas escribiéndola, los labios tensos pensando en lo que no se atrevía a decir. Era lo único cálido en aquel mundo helado.
A mitad del ascenso, Iñigo sintió que alguien se acercaba por detrás. Era Juan Tellería, un chico de apenas dieciocho años, vizcaíno, que llevaba sólo tres semanas en la partida. Su boina estaba cubierta de escarcha y sus manos temblaban más por los nervios que por el frío.
—Arriola —susurró—. ¿Tú crees que… hoy…?
No terminó la frase. No hizo falta.
Iñigo lo miró, serio.
—Hoy no morirá quien tenga algo pendiente en esta vida —dijo al fin.
Tellería tragó saliva.
—¿Tú tienes algo pendiente?
Iñigo apretó el puño dentro del guante, sintiendo el papel doblado contra su pecho.
—Sí. Y más de lo que me gustaría.
El chico asintió y se apartó, satisfecho con aquella respuesta a medias.
Pero Iñigo sabía que no era cierto.
Sabía que la guerra no entiende de asuntos pendientes, ni de amores, ni de promesas.
La guerra sólo entiende de oportunidad y pólvora.
A media mañana, la niebla empezó a levantarse poco a poco. Y con ella, los primeros sonidos de un ejército que se acercaba: pasos hundiéndose en la nieve, voces lejanas, el tintineo del hierro contra el hierro.
No eran carlistas.
Zumalacárregui alzó la mano.
—¡Quietos todos!
La niebla se rasgó un instante y, entre los árboles desnudos, se distinguieron figuras oscurecidas por el contraluz. Formaban una línea larga, disciplinada, demasiado recta para ser campesinos armados.
Iñigo lo supo antes de que nadie lo dijera.
—Cristinos —murmuró.
El general entrecerró los ojos.
—Iriarte —dijo—. Ese perro hijo de su tiempo se ha adelantado.
Los liberales se desplegaban en abanico, avanzando hacia la falda del monte. No habían visto aún a los carlistas, pero era cuestión de minutos.
Zumalacárregui miró a sus oficiales con una decisión fría y rápida.
—Hoy no atacamos. Hoy les dejamos venir… y mañana los aplastamos donde yo quiero.
Hubo asentimientos tensos.
—Retirada silenciosa —ordenó—. Que nadie dispare, que nadie hable. Somos humo. Somos viento.
Los carlistas comenzaron a deslizarse hacia el bosque, invisibles entre la bruma. Los liberales siguieron avanzando, desconfiados, buscando un enemigo que aún no podían ver.
Para cuando alcanzaron la posición que los carlistas habían ocupado minutos antes…
…no encontraron nada.
Sólo huellas borrosas en la nieve y una hoguera apagada que todavía humeaba.
Ya en el refugio del bosque, Iñigo respiró hondo. Zumalacárregui lo miró de reojo.
—¿Te asusta lo que viene, Arriola?
—No —respondió él, sin pensarlo.
El general negó suavemente con la cabeza.
—Debería. Lo que pasará mañana en La Española no será una escaramuza. Será una lección. Y las lecciones, hijo, siempre se pagan caras.
Iñigo apretó la mandíbula.
—Estoy listo.
Zumalacárregui lo estudió un segundo más, como si pudiera ver a través de él.
—El problema —dijo al fin— es que a veces uno está listo para la guerra, pero no para su propio destino.
Y siguió caminando.
Iñigo se quedó quieto un instante.
No sabía si el general hablaba de él, de la batalla… o de la carta que guardaba junto al corazón.
Por primera vez en mucho tiempo, sintió miedo.
Y no era miedo a morir.
Era miedo a no volver.
A lo lejos, desde la carretera que venía de Beasain, sonó un cañón.
Uno solo.
Único.
Como un martillo sobre un yunque.
Era Espartero avisando al valle:
Mañana habrá guerra.
Iñigo levantó la vista hacia el monte La Española.
Desde allí, aunque no pudiera verlo aún, el destino lo estaba esperando.
CAPÍTULO 4
3 de enero de 1835: La Española arde
La mañana del 3 de enero de 1835 amaneció sin silencio.
El valle entero parecía respirar pesado, como si intuyera el desastre. En Ormaiztegi, los perros ladraban sin motivo, los caseríos cerraban puertas y, desde la ladera del monte La Española, el eco de un tambor liberal rompía el aire como una amenaza repetida.
Iñigo Arriola se colocó la boina sobre la frente, apretando los dientes para acallar el temblor de sus manos. No era miedo. Era esa mezcla amarga de lucidez y fatalidad que todo soldado conoce el día en que la muerte parece estar mirando directamente hacia él.
A su alrededor, los hombres de Zumalacárregui se posicionaban siguiendo un plan exacto, calculado al milímetro.
El general había estudiado la orografía la noche anterior con la misma frialdad que un cirujano:
tres líneas de resistencia, aprovechando el terreno quebrado y los bosques espesos del monte.
—Hoy no dejamos que trepen ni un metro —dijo Zumalacárregui, señalando la ladera con el bastón.
Iñigo estaba en la primera línea, la más expuesta. Le acompañaban Tellería, los hermanos Elizagarate y un sargento tuerto que mascaba tabaco como si fuera pólvora.
A media mañana, se escuchó el bramido del primer cañonazo.
Un estampido que hizo vibrar la tierra.
—Ahí vienen —susurró Iñigo.
Espartero e Iriarte avanzaban con precisión matemática:
- Dos columnas: una frontal, atacando el camino principal hacia La Española.
- Una fuerza lateral, subiendo por el bosque intentando envolver a los carlistas.
- Artillería ligera en la retaguardia, preparada para abrir brechas.
Carratalá empujaba desde la ribera, obligando a los carlistas a replegarse hacia la montaña. El movimiento tenía un objetivo claro: romper la defensa de Zumalacárregui y dividir sus fuerzas.
Pero el general carlista conocía aquel terreno como si lo hubiera parido él mismo.
Y estaba dispuesto a convertir cada árbol y cada roca en un enemigo más para los liberales.
Eran cerca de las once cuando la primera columna liberal emergió entre la bruma.
Una masa azulada, perfectamente alineada, avanzando cuesta arriba con una disciplina que daba miedo.
Los carlistas aguantaron hasta que los tuvieron a tiro.
—¡Ahora! —rugió Zumalacárregui.
Y el monte estalló.
Descargas cerradas desde posiciones ocultas, como si los árboles dispararan. La primera línea liberal se deshizo; hombres rodaron ladera abajo, otros buscaron refugio, algunos siguieron avanzando por puro instinto o necedad.
Iñigo disparó, cargó, disparó otra vez.
A su lado, Tellería temblaba pero no retrocedía. El sargento tuerto gritaba órdenes que nadie escuchaba, cubierto de humo y barro.
Pero la disciplina liberal era tercamente admirable.
Rehicieron la formación y siguieron subiendo.
Y entonces llegó el segundo movimiento, el más temido:
la columna lateral de Iriarte comenzó a flanquear el bosque.
Zumalacárregui lo vio antes que nadie.
—¡Arriola! ¡Contigo! —ordenó, señalando el flanco.
Iñigo asintió, reunió a diez hombres y se lanzó cuesta abajo, hacia la zona donde el bosque era más espeso.
Allí, entre los pinos que crujían bajo el peso del invierno, encontraron a los primeros Cristinos.
Era un combate distinto: sin líneas, sin órdenes claras, sin espacio para maniobras.
Un combate a corta distancia, brutal, visceral.
Acero contra acero.
Bayonetas que chocaban, culatas que rompían mandíbulas, gritos ahogados.
Iñigo empujó a un soldado liberal contra un tronco y lo derribó.
Otro se le echó encima y rodaron los dos entre la nieve, mordiéndola, manchándola de barro y sangre.
Cuando logró deshacerse de él, oyó el sonido que no quería escuchar:
tambores acercándose por detrás.
—Nos están envolviendo… —murmuró.
Y tenía razón.
Iriarte había conseguido lo que buscaba: romper la línea y obligar a los carlistas a combatir dispersos.
Zumalacárregui, desde lo alto, comprendió que el momento decisivo había llegado.
—¡Retirada hacia la segunda línea! ¡Rápido! —ordenó.
Pero entre la orden y su cumplimiento había un infierno de balas.
Iñigo reunió a Tellería y a los pocos que aún podían correr.
Subieron por la ladera resbalando, jadeando, perseguidos por decenas de liberales.
Las balas silbaban como insectos furiosos.
—¡Aguanta, Tellería! —gritó.
—¡Voy, voy…!
No llegó a terminar la frase.
Una descarga liberal, a menos de treinta metros, se abrió paso entre los pinos.
Iñigo sintió un golpe seco en el costado, como si un martillo gigante lo hubiera atravesado.
El aire se le escapó de los pulmones.
La vista se le nubló.
Miró hacia abajo.
La chaqueta estaba empapada de sangre caliente.
Una bala le había entrado por la parte baja de las costillas.
Intentó dar un paso, pero la pierna derecha no respondió. Se desplomó de rodillas sobre la nieve, que se tiñó de rojo.
—¡Iñigo! —gritó Tellería, corriendo hacia él.
—Corre… —susurró—. No te pares. ¡Corre, por Dios!
El muchacho dudó un segundo, pero otra descarga lo obligó a lanzarse monte arriba.
Iñigo quedó solo.
El ruido de la batalla resonaba a su alrededor como un mar embravecido.
Disparos, gritos, órdenes, el bramido lejano de los cañones.
La nieve estaba fría.
Su sangre estaba caliente.
Pensó en Ane.
En la carta.
En el futuro que no sabía si existiría.
Cerró los ojos.
Y el mundo se apagó un instante.
Así terminó para él aquel día de enero.
No la guerra, no la historia, pero sí la luz.
CAPÍTULO 5
La noche cae sobre La Española
La batalla se apagó al caer la tarde, no porque uno de los bandos cediera del todo, sino porque la montaña ya no soportaba más estruendo. El humo se arremolinaba en los barrancos como un sudario. Los árboles parecían haber envejecido siglos en pocas horas. Y los hombres, carlistas y liberales, se movían como sombras cansadas entre charcos de nieve roja.
Zumalacárregui, con la cara tiznada de pólvora, ordenó la retirada en voz baja, casi con tristeza:
—Basta por hoy. Replegaos hacia Segura. Nos reorganizaremos allí.
No era una derrota completa, pero tampoco una victoria. Era una de esas jornadas que la guerra deja clavadas como una astilla en la memoria de los que sobreviven.
Los que sobrevivieron.
Porque muchos no bajaron del monte.
Y entre los que sí, pocos lo hicieron caminando.
Iñigo Arriola recobró la consciencia cuando ya no quedaba luz. No supo cuánto tiempo había pasado desde que cayó. Una hora. O tal vez cinco.
El frío lo había mantenido vivo, pero apenas. Sentía cada respiración como si sus pulmones estuvieran llenos de piedras. Al intentar moverse, un dolor seco le atravesó el costado.
—Mierda… —susurró, con la voz hecha un hilo.
Con dedos temblorosos presionó la herida. Estaba húmeda y pegajosa; la sangre se había mezclado con tierra y nieve. Pero seguía vivo.
Eso, al menos, era algo.
Intentó incorporarse. Le costó horrores. Al final consiguió quedar sentado, apoyado en un tronco. Cada sombra del bosque parecía un hombre caído. Cada crujido, un enemigo rezagado.
—Tengo que salir de aquí… —murmuró.
La batalla todavía retumbaba lejos, como un eco agonizante. Pero en la ladera donde estaba Iñigo solo quedaba el susurro del viento.
Y, de vez en cuando, un gemido.
De otros heridos.
Del monte entero.
Un grupo carlista avanzaba con linternas de aceite, buscando a los suyos entre la oscuridad. Al frente iba el sargento Odriozola, famoso por no haber perdido nunca a un hombre sin intentar recuperarlo antes.
—Mirad bien —ordenaba—. Aún puede haber alguno con vida.
La luz vacilante de una linterna se detuvo sobre una mancha oscura en la nieve.
—¡Aquí! ¡Uno respira!
Se acercaron. Era Iñigo.
—Arriola… —Odriozola frunció el ceño—. Pensé que te habíamos perdido.
—Todavía no —respondió Iñigo con una débil sonrisa torcida que se rompió al instante en un gesto de dolor.
—No hables —ordenó el sargento—. Vamos a sacarte de aquí.
Lo alzaron entre dos hombres. Iñigo apretó los dientes para no gritar. El movimiento le desgarraba las entrañas, pero no tenía fuerzas para protestar.
—Mutiloa está cerca —dijo Odriozola—. Aguanta un poco más.
Iñigo pensó en Ane.
Solo en su nombre.
Y eso bastó para seguir respirando.
La bajada del monte fue un infierno lento.
Los hombres avanzaban a tientas. La nieve acumulada les llegaba hasta las rodillas y, bajo ella, el barro convertido en una masa resbaladiza hacía que cada paso fuera un equilibrio precario.
Iñigo iba medio consciente. A ratos oía voces. A ratos veía luces extrañas entre los árboles. En ocasiones creía que caminaba él mismo, aunque sabía que lo llevaban cargado. En un momento, sintió el olor de pólvora quemada. En otro, escuchó un sollozo que no supo distinguir si era de un herido cercano o un recuerdo de la batalla.
—No te duermas, Arriola —le decía uno de los soldados que lo transportaban.
—No… no pienso —murmuró él.
Pero sus párpados pesaban como losas.
Cerca de medianoche, llegaron al caserío Otegi, a las afueras de Mutiloa. Las casas tenían las ventanas cerradas, pero cuando escucharon los pasos y las voces, las puertas comenzaron a abrirse poco a poco.
—¡Hay heridos! —gritó Odriozola.
Varias mujeres salieron con mantas y cuencos de agua caliente. Un anciano acercó un candil para iluminar el grupo. Al ver a Iñigo, negó con la cabeza.
—Pasaos dentro —dijo—. Ese muchacho está muy mal.
Lo llevaron a un pajar transformado en refugio improvisado. Lo tumbaron sobre un jergón y le cortaron la chaqueta empapada.
La bala había entrado limpiamente, pero no había salido.
Seguía dentro.
Y cada minuto se movía un poco más, buscando abrirse paso por donde no debía.
—Hay que sacarla —dijo el anciano, que sabía de heridas más que algunos cirujanos militares.
—Entonces hazlo —respondió Odriozola.
El viejo lo miró con gravedad.
—No sé si sobrevivirá.
—Hazlo igual.
Iñigo, entre brumas, escuchó la conversación.
Y comprendió por primera vez que su vida podía estar contándose en minutos.
Le dieron un trozo de cuero para morder.
El anciano calentó un hierro al rojo sobre el fuego.
Iñigo cerró los ojos.
Un pensamiento lo atravesó como un relámpago:
Ane.
Y entonces llegó el dolor.
Un dolor blanco, puro, insoportable.
Gritó. Aunque quiso evitarlo, gritó.
El mundo se volvió una rueda que lo trituraba por dentro.
Luego vino la oscuridad.
Profunda.
Silenciosa.
Definitiva.
O eso creyó.
Porque, al fondo, muy al fondo, siguió escuchando voces.
Manos que lo sostenían.
Órdenes aceleradas.
Lamentos.
Y su propio nombre.
—Iñigo…
—Aguanta…
—No te vayas…
Cuando por fin la noche se aquietó, cuando el monte quedó atrás y la sangre dejó de manar como un río, Iñigo Arriola seguía vivo.
Pero apenas.
Las campanas de Mutiloa repicaron la medianoche del 3 de enero sin saber que acababan de marcar el principio del fin para muchos hombres.
Y que uno de ellos, tumbado en un pajar húmedo, luchaba solo contra la muerte.
La guerra, sin embargo, seguía fuera.
Esperando el amanecer para reclamar lo que aún no había devorado.
CAPÍTULO 6
Entre sábanas de paja, promesas y ceniza
La mañana del 4 de enero de 1835 entró con un sol pálido, como si dudara de aparecer. Iñigo Arriola abrió los ojos con un dolor punzante, como agujas de ceniza clavadas en su costado. No sabía cuánto había pasado, cuánto duró su inconsciencia. Sus párpados pesaban, pero el mundo alrededor existía: el techo bajo de un caserío, el olor a grasa, a hierbas medicinales… y, sobre todo, el leve susurro de pasos cercanos.
Alzó la mano temblorosa. Sus dedos se cerraron sobre algo: la carta de Ane, aún doblada, aún sucia, aún cálida. Tirita, como su pulso. La sostuvo contra el pecho, con la convicción de que aquello era su ancla a la vida.
Entonces la puerta se entreabrió. Una figura se asomó, vacilante. Y sus ojos se encontraron: los de Iñigo, desorbitados por el dolor y el alivio; los de ella, llenos de miedo, esperanza y lágrimas.
—Iñigo… —dijo ella, casi sin voz—. Eres tú…
Él no respondió con palabras. Su boca estaba seca, su garganta rota por la fiebre. Pero dejó caer la carta y extendió la mano hacia ella. Sus dedos se hallaron en un temblor suave, imposible de describir con justicia.
Ane corrió hacia él, arrodillada, agarrando su mano entre las suyas. No lloró. No al principio. Tal vez no tenía lágrimas. Tal vez las había dejado en alguna esquina del monte, junto a los hombres que no volvieron. Sólo respiraba fuerte, como quien lava con aire un grito ahogado.
—Dijiste que vendrías —susurró él.
—Y he venido —respondió ella, sujetando su mano—. No iba a dejar que murieras solo.
Iñigo intentó incorporarse, con cuidado. Dolor. Oscuridad. Un mareo. Pero valía la pena. Vale la pena.
—Te… te debo la vida —articuló, apenas.
Ella lo miró con tanta intensidad que no hizo falta respuesta. Su presencia era el juramento.
Minutos después, un golpe suave en la puerta. Una figura vestida de oscuro, capa curtida, botas cubiertas de barro. Zumalacárregui entró en la estancia con paso firme. Sus ojos barrían el cuerpo de Iñigo, luego se detuvieron en la mujer al lado de la cama.
—Buenos días —dijo con gravedad—. Me alegra ver que respira.
Iñigo apenas hizo un gesto con la cabeza, pero su mano apretó la de Ane con fuerza.
El general se acercó, apoyó la mano en el hombro de su soldado.
—No esperaba menos —murmuró—. Eres de los duros.
Luego soltó un suspiro.
—La batalla… terminó —continuó—. Y no poco mal para ambos lados.
Ane bajó la cabeza, como si quisiera ocultar algo. Iñigo la apretó contra sí, con suavidad.
Zumalacárregui miró uno a uno a la mujer y al herido.
—Dicen los que han contado los cuerpos… más de quinientos muertos en el monte —con voz grave. — Entre ambos bandos. El bosque quedó sembrado de cadáveres.
La cifra rebotó en la habitación como un disparo lejano.
—Nos replegamos hacia Segura —continuó—. Los liberales recogieron lo que pudieron y se llevaron a sus muertos. Nosotros… hicimos lo mismo con los nuestros, los que aún podían moverse. Muchos quedaron atrás.
Iñigo apretó los dientes. Pensó en Tellería. En los hermanos Elizagarate. Pensó en todos los rostros que había visto rodar por la nieve.
Zumalacárregui bajó la voz.
—La guerra no la ha ganado ninguno hoy… pero tú… has ganado un día más. Uno que pocos merecen.
Se volvió, con la capa recogida, y al salir su sombra rozó la mano de Ane. No dijo nada más. Bastaba.
A lo largo del día, llegaron más noticias. Vecinos, aldeanos, hombres que habían bajado del monte con pasos lentos, rostros hundidos. Traían consigo retazos de información:
- Los liberales mantienen Ormaiztegi, aunque sin celebrar victoria real; la montaña ha demostrado que no se conquista con campanas.
- Los carlistas se reagrupan hacia el interior: hacia los valles de Gipuzkoa, huyendo de las líneas enemigas, llevando consigo lo que pueden, llorando lo que no pueden llevar.
- Muchos heridos quedaron esparcidos en las montañas, sin nombre. Muchos cuerpos no tendrán sepultura.
- Esa noche, las campanas de las parroquias en los pueblos no repicaron por victoria: repicaron por muertos.
Para Iñigo y Ane, esas noticias importaban poco. El mundo era entonces esa habitación en penumbra, esa mano que apretaba, ese aliento que prometía seguir.
Cuando la noche llegó, cerraron la puerta con cuidado. Pusieron la carta de Ane sobre la mesilla de madera —arrugada, sucia, manchada—. Junto a ella, un cuenco con agua caliente y un trapo seco. El fuego oscilaba en la chimenea, dibujando sombras en las vigas.
Ella se acurrucó junto a la cama, tras una manta raída. Él apoyó la cabeza en el pecho de ella. Escucharon juntos cómo los latidos tranquilos devolvían algo de calma al mundo.
Fuera, la guerra respiraba aún.
Pero por un instante, en ese caserío de Mutiloa, la muerte había perdido su aliento.
Y en su lugar nació la palabra esperanza.
🔎 RESUMEN HISTÓRICO
La Batalla de Ormaiztegi (2–4 de enero de 1835)
Introducción
Los primeros días de enero de 1835 marcaron uno de los episodios más duros y recordados de la Primera Guerra Carlista en Gipuzkoa: la batalla librada en los montes entre Mutiloa y Ormaiztegi, conocida tradicionalmente como la acción del monte “La Española”.
Lo que sigue es un resumen fiel a las fuentes históricas disponibles, diferenciando lo comprobable de lo interpretativo.
1. El contexto previo
A finales de 1834, Zumalacárregui se desplazó desde Navarra hacia Gipuzkoa con aproximadamente 2.000 soldados carlistas, buscando presionar la línea liberal y reforzar posiciones en Goierri.
Mientras tanto, los isabelinos reunieron un ejército muy superior —algunas fuentes hablan de 8.000 a 12.000 liberales— bajo mandos como Espartero, Iriarte, Carratalá y otros oficiales destacados.
Las tensiones en Gipuzkoa eran intensas: el control del territorio cambiaba de manos en cuestión de días y la población civil vivía entre requisas, rumores de avances y miedo constante a las represalias de ambos bandos.
2. Los combates (2–3 de enero de 1835)
Los carlistas se desplegaron en las lomas entre Mutiloa y Ormaiztegi, aprovechando la altura para compensar su inferioridad numérica.
Los liberales atacaron repetidamente durante la mañana y la tarde del día 2. Hubo fuego intenso de fusilería, movimientos de flanqueo fallidos y hasta cargas a la bayoneta en algunos puntos.
Los carlistas resistieron contra todo pronóstico, manteniendo las posiciones hasta la llegada de la noche. Ese día se registró ya un número significativo de bajas.
El día 3 reanudó la batalla. Nuevos ataques liberales intentaron romper la línea carlista, pero la defensa del terreno montañoso volvió a frustrar el avance.
Al final de la jornada, la acción se saldó con un balance tradicionalmente cifrado en alrededor de 500 muertos entre ambos bandos, aunque la historiografía moderna considera este número aproximado, no exacto.
3. La noche y las retiradas
La noche del 3 al 4 fue silenciosa y tensa.
Ambos ejércitos estaban exhaustos, heridos y desorganizados.
- Los carlistas, aunque habían resistido, se retiraron hacia Segura y Zerain, reorganizándose para nuevas acciones.
- Los liberales avanzaron hasta Ormaiztegi, ocupándolo brevemente, pero pronto comenzaron también su propio movimiento de repliegue estratégico.
El combate, cruento y muy disputado, no otorgó un control claro y definitivo sobre la zona, pero reforzó la reputación militar de Zumalacárregui: defenderse con 2.000 hombres frente a un ejército cuatro o cinco veces mayor reforzó el mito de su genio táctico.
4. Consecuencias y balance
Históricamente, la batalla no cambió por sí sola la situación en Gipuzkoa, pero sí dejó varias huellas importantes:
- La moral carlista salió fortalecida pese a las pérdidas.
- Los liberales comprobaron que ocupar Gipuzkoa no sería cuestión de simple fuerza numérica.
- La zona quedó marcada durante generaciones por el recuerdo de la sangre vertida en aquellas lomas.
Entre bajas, retiradas y cadáveres desperdigados por las campas heladas, la mañana del 4 de enero ofreció una imagen devastadora que las fuentes locales han conservado hasta hoy.
📚 FUENTES CONSULTADAS
Las siguientes fuentes han sido utilizadas directamente para elaborar este resumen:
- Museo Zumalakarregi – “Ormaiztegi (03-I-1835)”
https://www.zumalakarregimuseoa.eus/es/actividades/investigacion-y-documentacion/historia-del-siglo-xix-en-el-pais-vasco/batallas-y-acciones/ormaiztegi-03-i-1835 - Arre Caballo – “Operaciones de Zumalacárregui en 1835”
https://arrecaballo.es/guerras-carlistas/primera-guerra-carlista-en-el-norte/operaciones-de-zumalacarregui-en-1835/ - Enciclopedia Auñamendi – “Ormaiztegi”
https://aunamendi.eusko-ikaskuntza.eus/fr/ormaiztegi/ar-102143-97307/ - Balagan / Timeline of the First Carlist War
https://balagan.info/timeline-of-the-first-carlist-war
PROPIEDAD INTELECTUAL
Obra: IÑIGO ARRIOLA. La Batalla de Ormaiztegi . Enero 1835.
Autor: TROI LANDETXEA
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